La desaparición, la tortura y el horror en Florencio Varela

La desaparición, la tortura y el horror en Florencio Varela

La historia de Morena Verri, Brenda Loreley del Castillo y Lara Morena Gutiérrez no es solo un caso policial, es una tragedia humana que revela la cruda realidad de un sistema ausente, donde las jóvenes se ven atrapadas entre las sombras de la violencia narco, la explotación y el abandono.
El 20 de septiembre de 2025, las tres chicas, amigas de toda la vida, salieron a encontrarse en La Tablada, en el partido de La Matanza, sin saber que esa sería la última vez que se verían. Morena, de 20 años, y Brenda, también de 20, vivían en esa misma zona; Lara, la más joven, con solo 15, compartía su vida en los alrededores. Las tres, como tantas otras, buscaban escapar de la dureza de la vida diaria, de las carencias, de la falta de oportunidades.
El último contacto fue captado por una cámara de seguridad en la que se las ve subiendo a una camioneta blanca, la última señal visible de sus vidas. A partir de ahí, se perdió su rastro, y la desesperación se apoderó de sus familias. Mientras las madres de las jóvenes, especialmente Marcela (madre de Brenda) y Norma (madre de Lara), luchaban por respuestas, la inacción de las autoridades creaba una sensación de impotencia y abandono. Las horas pasaban y la angustia se transformaba en miedo.

Las familias se movilizaron rápidamente, recorriendo hospitales, pidiendo información, desesperadas. Brenda era madre de un pequeño niño, quien creció durante esos días sin su madre, preguntando insistentemente por ella. El dolor de la madre, Marcela, es indescriptible, sobre todo porque sabe que su hija había quedado atrapada en un ciclo de explotación, buscando sobrevivir en un contexto en el que las opciones eran limitadas. Para Lara, la más joven, no había excusas, solo el vacío de una vida truncada a tan temprana edad.


Cinco días después de su desaparición, la investigación tomó un giro dramático cuando Magalí Celeste González, una de las detenidas, reveló a la policía la ubicación de los cuerpos en una casa en Villa Vatteone, en Florencio Varela. Los cuerpos de las tres jóvenes, torturadas y enterradas, fueron hallados tapados con tierra y escombros, una escena que desbordaba cualquier imaginación. La confusión inicial sobre su paradero dio paso al horror de saber que las chicas ya no estaban con vida.
Al confirmarse que las jóvenes no fueron simplemente víctimas de una desaparición, sino que fueron asesinadas con saña, la comunidad y los allegados no solo enfrentaron el duelo de la pérdida, sino que se sumieron en el desconcierto y la indignación. El modo en que murieron, el nivel de violencia al que fueron sometidas, la tortura previa al asesinato, fue descrito como un claro mensaje de poder, un castigo que no solo se limitó a sus cuerpos, nadie, ni las jóvenes ni sus familias, pudieron imaginar que lo que parecía un día común se convertiría en la peor pesadilla de sus vidas.

Lo que sucedió a partir de ese momento fue una revelación espantosa: fueron asesinadas, pero no de cualquier manera. Según las primeras hipótesis de los investigadores, las jóvenes fueron sometidas a una brutal tortura antes de ser ejecutadas. Las versiones más escalofriantes apuntan a que el crimen fue transmitido en vivo por una red social cerrada, como un acto de “castigo ejemplar” para alguien dentro de una red narco. El eco de este mensaje, si se confirma, sería aún más estremecedor: no solo se las mató, sino que se las usó como un ejemplo para los demás.
Morena, recordada por su abuelo Antonio como una joven llena de vida, aspiraba a más. Sus sueños de superación fueron truncados por la violencia, y hoy solo queda su memoria. Brenda, madre de un pequeño que ahora crecerá sin su madre, fue una joven que luchaba por sostenerse, buscando caminos que muchas veces no ofrecían opciones. Su madre, Marcela, es la voz que exige justicia para su hija, una madre rota que no entiende cómo pudo perder a su niña de esa manera. Y Lara, con tan solo 15 años, tenía toda una vida por delante. Norma, su madre, sigue en pie, exigiendo respuestas y justicia, mientras el dolor por la pérdida de su hija es infinito.
Mientras tanto, las autoridades han ido avanzando en la investigación, aunque con grandes interrogantes aún por resolver. El caso, que inicialmente fue tratado como una desaparición, ha evolucionado rápidamente hacia un femicidio vinculado al narcotráfico. La fiscalía de Florencio Varela, bajo la supervisión del fiscal Javier Alonso, continúa investigando las posibles conexiones entre los detenidos y las organizaciones narco locales. Se ha comenzado a especular con la posibilidad de que las chicas estuvieran involucradas en una red de explotación sexual que operaba en la zona, un oscuro entramado de violencia donde el narcotráfico y la explotación de jóvenes vulnerables parecen ser la constante.
Sin embargo, aún quedan muchas preguntas sin respuesta: ¿Quién dio la orden de torturarlas y matarlas? ¿Qué grupo o sector dentro del narcotráfico estaba detrás de este “castigo ejemplar”? Las respuestas son clave, pero hasta ahora, la investigación avanza lentamente, dejando a las familias con más preguntas que certezas.
El contexto de esta tragedia es aún más sombrío: el narcotráfico y la violencia en los barrios marginales del conurbano bonaerense se han convertido en una amenaza cada vez más presente y destructiva. Las jóvenes, como Morena, Brenda y Lara, son víctimas de una estructura de criminalidad que se alimenta de la desesperación y la falta de opciones. La pobreza, la marginalidad y la falta de oportunidades han dejado a miles de chicas y chicos atrapados en este ciclo de violencia, sin que el Estado pueda (o quiera) ofrecerles una salida.
Las familias de las tres jóvenes no solo buscan justicia para ellas, sino también un cambio estructural en la respuesta de las autoridades frente a la violencia de género, el narcotráfico y la trata de personas. La respuesta del sistema judicial, las fuerzas de seguridad y el gobierno, en general, es clave para evitar que casos como este sigan ocurriendo en el futuro.
Hoy, el eco de sus muertes resuena en cada rincón de las familias que aún esperan, lloran y reclaman lo que les corresponde: justicia. Mientras la investigación avanza, el grito de justicia se eleva en cada rincón del conurbano, donde el dolor de las familias se enfrenta a la indiferencia de un sistema judicial que, muchas veces, tarda en dar respuestas y soluciones a aquellos que más lo necesitan.

NO ES LO MISMO.-